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Descubre el pasado mesoamericano/ Discover Ancient Mesoamerica

17 Feb '16

Cómo me dediqué a lo que hoy más amo

Posted by FCAS .

Elsa Julieta Serrano Peña

Podría hacer un libro platicando lo maravilloso que ha sido dedicarme al estudio del mundo prehispánico; aquí lo resumiré en breves y sentidas palabras.

Desde muy chica me emocionaba pensar en las culturas antiguas; imaginaba a los griegos, a los romanos, a los egipcios, a todas aquellas civilizaciones que habían existido, y comencé a investigar sobre ellas. Un día descubrí que vivía en un lugar testigo de algunas de esas extraordinarias culturas, ¡la cuna del México antiguo!, y empecé a adentrarme en ellas, de entre las cuales llamó profundamente mi atención la mexica, el pueblo que tenía más fuentes, así que leí a Garibay, León Portilla, Gamio, Seler, entre otros. Cuando crecí fui a todas las conferencias posibles sobre el tema, y claro, mi carrera sería Historia. Sin embargo, vino el conflicto del ‘68 y mi madre me impidió entrar a la UNAM (en aquel entonces obedecíamos a los padres ciegamente), pero permitió que estudiara Restauración. Me encantó. No era lo que quería, pero se acercaba. Me dediqué a leer cuanto libro encontraba sobre Mesoamérica y acudí a todas las conferencias posibles donde participaban los mejores especialistas. Cuando veía a quien sería mi maestro, el Dr. Miguel León Portilla, siempre pensaba: “Algún día formaré parte del Seminario de Cultura Náhuatl”, y no quité el dedo del renglón. El deseo se cumplió años después: terminé la carrera de Restauración, la vida me dio otros quehaceres, y, finalmente, un día estaba inscribiéndome en la maestría de Estudios Mesoamericanos en la UNAM.

El primer día, temblando, escogí materias con los grandes: Miguel León Portilla, Alfredo López Austin, Patrick Johansson, Leopoldo Valiñas, Beatriz de la Fuente, Wilhem Olivie, Celia Pezat, Martha Ilia Nájera, José Alejos, entre muchos otros. Al cumplir los dos años en la maestría me di cuenta de que no sabía nada y permanecí en la UNAM por quince años más con los mismos maestros, ya como su amiga, disfrutando de invitaciones a trabajos y ponencias. Fue una maravilla; aprendí muchísimo y me hice tan amiga de la mayoría que compartimos cosas valiosísimas, entre ellas cursos de personas muy importantes (con esto no pretendo darme aires de grandeza, sino compartir algo maravilloso que me pasó en la vida).

No pude, sin embargo, dedicarme a la investigación como me hubiera gustado porque también tuve otra faceta que yo quise y decidí cumplir: ser madre de cuatro maravillosos hijos. Aún así, pude combinar perfectamente a mis tres amores: los mexicas, mi marido y mis hijos, algo que me hizo profundamente feliz.

Hoy sigo trabajando a esa extraordinaria cultura y aprendiendo sobre las demás, y trato de compartir lo que sé con las personas fuera de los muros de la UNAM; el colaborar con la Fundación Armella Spitalier ha sido una maravillosa oportunidad para cumplir con tal objetivo.

Estas palabras son un resumen de cómo llegué a los mexicas y sigo con ellos. Mujeres, se puede hacer lo que uno quiera, es cuestión de decidirse, no se queden con las ganas de nada, todo es posible.

03 Feb '16

La palabra del maíz

Posted by FCAS .

Mtro. Luis Enrique Ferro Vidal

Departamento de Filosofía de la Universidad de Guanajuato

 

El maíz en los pueblos indígenas de México es expresión de miles de evocaciones que alejan a la planta y a la semilla de su ámbito natural para incorporarlo en los matices de los tiempos vivenciales del hombre de estas tierras, en donde el maíz se hace palabra y rito; con esta planta el pasado y el presente se compaginan para dotar al maíz de su cualidad ancestral y sagrada que nos acompaña hasta hoy en día porque es parte integrante del origen de nuestra historia, de nuestros pueblos, de nuestras papilas gustativas y el baluarte de nuestra gastronomía. Pensar en el maíz es pensar en la fecundidad, en los ciclos y los astros; en pocas palabras, es pensar el tiempo de nuestro tiempo, porque desde el punto de vista indígena, el maíz se vuelca al mundo de la memoria en la oralidad y adquiere vida en los rituales agrícolas que se efectúan año con año utilizando el crecimiento de la planta, desde el inicio de la siembra hasta el fin de la cosecha, por lo cual se puede decir que el maíz se adhiere al calendario de los pueblos mesoamericanos porque siempre ha sido un marcaje natural de continuidad, de ciclo y eternidad.

 

El maíz es una planta cuyas semillas se diseminan en el pensamiento otomí, para adentrarse al mundo de la memoria que transmuta en palabras que se hacen cuentos narrados de generación en generación, en la intimidad y en hogar, como el siguiente cuento recopilado por Edwald Hekins:

 

“El origen del maíz para los humanos”

Cuento de doña Camila de San Ildefonso. Tultepec, Querétaro.

Hace mucho tiempo, pero mucho tiempo, la rata robaba el maíz del tapanco para llevarlo a otra tierra, rodeada de agua. Era la única dueña del maíz. Agujereaba el tapanco para robar las mazorcas.

Un día, durante sus viajes, el cuervo descansaba en la isla y le preguntó a la rata: —¿A qué te dedicas? La rata le contestó que estaba comiendo maíz.

Sabiendo que los humanos no consumían maíz y recordándose de Dios, quien le había mandado, el cuervo le dijo a la rata: —Yo ando a donde quiera. ¿Me das tu maíz para llevarlo a la tierra en donde vivo? Allá no hay maíz.

La rata no quiso deshacerse de sus bienes. Pero también ya estaba fastidiada y quería estar lejos de donde vivían otros seres. Después, contestó al cuervo: —Te doy mi maíz, pero me tienes que llevar al lugar donde vives. Así se pusieron de acuerdo.

El cuervo sacó las mazorcas, la rata se subió en su lomo y juntos se fueron a la tierra del cuervo. Así quedaron.

Ahora, todos los seres humanos comen maíz y también las ratas todavía roban las mazorcas de las casas.

Con cuentos y recuentos como esta narración se logra que el maíz sea parte viviente del mundo cultural que une a la naturaleza con el mundo humano, por lo que esta planta ayuda a significar la existencia y uno de los fundamentos más profundos que configuran la cosmogonía otomí.

 

Pie de foto: Códice florento, Libro 4, "De la arte adivinatoria". fv., p. 72.


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