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Descubre el pasado mesoamericano/ Discover Ancient Mesoamerica

02 Jul '15

Ritos de paso para ser arqueóloga de campo

… caía la tarde. Al otro extremo del campamento estaba mi profesor que hacía un par de horas hablaba largamente con un muchacho del pueblo –un pueblo de allá del límite norte de Guerrero–. El joven, de quien nunca conocí su nombre, me observó durante toda la temporada de campo sin yo saberlo. Llegó un día de descanso; venía bien vestido, justo como para ir al baile. Cruzó el sitio cargando una caja con cervezas, llamó al maestro y se fueron a donde únicamente las siluetas se veían. Sus ademanes eran imposibles de descifrar; se podía imaginar el sonido de las tintineantes cervezas caer vacías al suelo, una tras otra. Horas después, cuando se hizo de noche, se rompió el silencio con un volumen de alta voz mentando madres, echando demonios y serpientes por la boca, y aquel muchacho, sin siquiera voltear, se fue enfadado rápidamente del sitio.

El maestro regresó tambaleante por el alcohol que se traía encima, se acercó a mí y me dijo: “¡Cuánto trabajo me costaste, chiquilla! El muchacho quería comprarte conmigo. La oferta había sido buena –aseveró con una sonrisa burlona–; de pagar un cartón de cerveza llegó a ofrecer veinte, de una sola vaca llegó a la cantidad de cinco, ¡claro!, más la fiesta pa’ la boda.” Ése fue mi precio en Guerrero, y lo pudo ser en Sinaloa, Michoacán, Chiapas, o en cualquier rumbo. La cuestión de ese momento no era saber si a la mañana siguiente habría aumentado la oferta de manera más conveniente, o si debía esconderme para que no me “robara”, como es uso y costumbre en esos pueblos. Desde ese momento sería para mí el inicio de las batallas libradas en la arqueología.

Cuando me pidieron que escribiera sobre este tema desde mi vivencia personal pensé en cada situación, desde la más gratificante que me ha dado la decisión de ser arqueóloga –como la de ver el horizonte del mar azul en lo más alto de una montaña, ir descubriendo poco a poco los ojos de una figurilla, conocer otras culturas en sus pasados más remotos, viajar a otros países–, hasta las más divertidas y extremas –como ser perseguida y picoteada por un enjambre de furiosas abejas, saber que tengo más fracturas en los huesos que en el corazón, ver caerse los muros de una tumba de tiro mientras estaba dentro, incluso haber sido secuestrada en la sierra sur de Oaxaca, México, evento del que afortunadamente salí en alto–. Pero también pensé en el momento más recurrente y crucial por ser mujer en la arqueología, y es al inicio de cada temporada de campo, cuando te pones al frente de uno, veinte o cincuenta hombres para decirles qué y cómo se debe hacer; enseñarles a palear, a usar brochas y pincelitos, un machete, un teodolito, o redactar un informe. He pensado, desde mi género, en mis colegas arqueólogos, en los mal llamados peones, en mis acompañantes y guías. He escuchado el discurso de las compañeras plantadas en la actitud radical que toman sobre este asunto y, sin embargo, sólo me gustaría exponer mi punto de vista y el modo de vivir esta profesión.

Echando ese clavado a la memoria recordé el primer día que fui responsable de un proyecto y me presentaron ante un grupo de veintiocho hombres. Las palabras que más o menos recuerdo fueron: “Les presento a su jefa, «la arqueóloga»”; para entonces tenía veintitrés años. La reacción de la mayoría de los presentes fue botarse de risa. En resumen y para no hacer el cuento largo, de esa, mi primera temporada de campo, el 99 % de ellos enfocó su atención en mi trasero y me dijeron unos dos mil albures –que aprendí muy bien para futuros encuentros–, pero jamás di lugar a contestarles. Uno que otro me propuso tener algún rollo con él, más de alguna esposa celosa me paró en la calle para partirme los besos (boca), suponiendo la pobre que yo tenía mal gusto y podía andar con su feo esposo. Fui el objeto de chismes en el pueblo, tuve cerca de mil amantes, muchos más hombres de los que pudiera haber en tres pueblos a la redonda, o de plano por mi cabello corto, mucho más cómodo para mí, suponían que era lesbiana. Dos temporadas de campo más tardé para contrarrestar todo eso. He debido establecer reglas, planear estrategias, hacer rutas de escape y códigos de guerra.

Los primeros retos de mi carrera no fueron de orden lógico; no se trataba de cuáles podrían ser mis resultados de campo, qué tan grande o importante descubrimiento pudiera hacer, qué tantas publicaciones tendría, eso vendría en otra etapa y en otra lucha también, al que se le debe otro texto. En mis clases de cerámica hablamos de estilo, pasta, acabado, función, pero no de cuánto tiempo debían tardar los frijoles en la olla pa' cocinarse y alimentar al campamento. En las lecciones de Antropología, al tratar el Sistema de Cargos, no me prepararon para rendirle culto al Gran Jefe, llevándole incienso y copal. Cuando yo, su subordinada, le proponía una mejor estrategia para hacer el trabajo, ocurrían dos cosas: o no me hacia el menor caso, o se apropiaba de las ideas, de los resultados y de todo mi esfuerzo de la temporada. En Parentesco y Religión, difícilmente vimos que las relaciones personales con la familia, la pareja y los amigos se desgastan. No nos prepararon para recibir noticias con despedida funesta, reclamando que dimos más tiempo al trabajo, o que era más importante excavar un kilo de mugrosos tepalcates, o terminar desechándolo todo porque las inseguridades de la distancia no dejaron que aquello cuajara. Qué decir de mis padres, que en mi primer viaje de prácticas se les salió el corazón, angustiados doblemente por ser mujer. Viniendo de una familia tradicional, a la muerte de mi padre mi madre fue la única que esperó pacientemente mi regreso, porque al resto les sigo pareciendo un poco extraña al no tener fecha pal’ casorio, para tener un par de críos y un “lugar estable” donde vivir. Las lecciones de Antropología Física fueron excelentes, pero no era una práctica sacarnos a correr al patio con la finalidad de pesar menos de sesenta kilos, porque además de tener un fallo, al ser mujer no puedes ser gorda, ni fea. Si no, la película de Indiana Jones no está completa, o simplemente no cabes en el pozo de sondeo. Y qué calamidad no haber hallado el tesoro más buscado por nosotras, después de la piedra filosofal y el elixir de la vida: la fórmula con la que se pueda hacer desaparecer nuestro periodo y, con él, los momentos más incómodos de sobrevivir en campo. Ciertamente me ha gustado mucho el discurso de mis profesores y materias, sólo que faltó un pequeño detalle en Metodología de la Investigación: no me dijeron cómo debía ganarme un lugar en la escala de mujer, arqueóloga e investigadora.

Resultará cosa fácil decir que me he tenido que casar con un fantasma –a quien con gusto le di ojos bonitos– y poner un falso anillo de matrimonio a modo de repelente, usar pantalones dos tallas más grandes, aprender a orinar o ir al baño sólo de mañana, apretarme los senos con camisetas ajustadas, soportar el dolor aunque me lleve el diablo, encabezar la expedición al arriesgue de morir en los intentos para no parecer una inútil ante los ojos de quien físicamente es más fuerte.

También tuve que buscar un lugar estratégico –como una gárgola– en la cima de la pirámide para observarlo todo, porque aunque yo fuera la jefa en campo hacían caso omiso a lo que decía y para ello debía tener el control de lo que pasara. Aprendí a multiplicar mis oídos para estar atenta, a no dormir a pata suelta, a pararme recta, a levantar la voz y hablar con firmeza, a tomar decisiones con rapidez, a cargar cuarenta kilos, a conducir un camión, a mantener la calma, a aprender tzotzil, maya yucateco y purépecha a fin de que me entendieran y dejaran de mirar a mi compañero para ratificar la orden; acepté firmar un contrato en el que prometía que no tendría el deseo de ser mamá muy pronto, o al menos hasta que concluyera el proyecto. Cerré ojos y sentir para no enamorarme de alguno de mis trabajadores, porque ¿te imaginas?, ¡qué escándalo! Aprendí a acatar las reglas por más absurdas que fueran, o a sonreír forzadamente en lugar de mentar una madre y salir despotricando contra el mundo. Total, a demostrar, subrayo a demostrar, que soy una mujer o casi un varón para los ojos de algunos y penosamente –decirlo con todas sus letras– de más de una mujer que también te orilla a ir zigzagueante en este medio. Ciertamente nada de esto y de muchas otras cosas han sido fáciles de aprender y sortear; los méritos en esta labor de partida doble no cuentan, ni tampoco dan puntos extras para ser investigadora A, B o Z.

Son todos estos los esfuerzos que al momento están en mi mente y que hasta este punto me han dado la experiencia; las mismas vivencias que me permiten como mujer hablar de la otra cara de la moneda. Porque reconocerse como una mujer en la arqueología es deberse también a los que te rodean, a quienes te acompañan, que sufren contigo los sinsabores del momento, las inclemencias del tiempo, que festejan esa nube de polvo al cierre de temporada y te dicen, como mi profesor lo dijo un día: “¡Cuánto trabajo me costaste, chiquilla!”. No es posible andar por allí diciendo que lo hiciste todo tu sola, que naciste sabiendo, o que eres una víctima del sistema; las cosas son de este modo como las viví o como me ha tocado vivirlas. Tampoco se trata de aguantarse porque así son o deben ser; nuestra sociedad está marcada con un cúmulo de supersticiones, costumbres y enseñanzas que las propias mujeres repetimos con los hijos, los novios, los hermanos, etcétera. Y eso es cosa de que cada una decida qué parte del juego quiere y cómo lo quiere jugar.

Luis, el Chac, Antonio, Juárez, Fermín, David, el Cabrito, Pepe, entre otros no menos importantes, fueron mis compañeros de largas temporadas. José me tomó de la mano y me hizo avanzar hasta salir del desierto; Juárez me mantuvo distante para protegerme; Luis, un hombre de campo, me enseñó todo lo que sabía, que fue mucho; David, él sabe cuando no estoy bien y quiero ir a casa; recorrí kilómetros tras kilómetros en escarpados terrenos y el Cabrito esperó mi paso. Todos ellos también me echaron adelante, me dieron una mano para no caer del barranco, me enseñaron cómo debía afilar mi navaja, cómo perfilar en la arena, cómo imaginar lo que busco. A ellos les debo que no me picara una serpiente. Aprendí a sacar un vehículo del atasco, me ofrecieron el lugar más cómodo para dormir cuando no lo había, me defendieron ante el borracho impertinente, aceptaron ser mis hermanos y compartir el parentesco. Como una nueva familia, un clan, me procuraron cuando quedó tan sólo una gota de agua. Me aligeraron la carga hasta los cinco mil msnm. Fueron mis guías, los que me dieron el camino correcto, los que me armaron hasta los dientes conociendo la selva, con los que pase días bajo la lluvia o el quemante sol, son los que partieron por mitad el último taco y decidieron compartir. Ellos supieron curar mis males, quitarme las garrapatas y fue también uno de ellos quien me despidió con la noticia de que su hija llevaría mi nombre.

Aquel día con mi profesor supuse que la compra-venta era cosa de la tradición de aquellos remotos pueblos de este México profundo. Al seguir en esta labor comprendí que era mi condición como mujer, una mujer en la arqueología, en un mundo que hemos (nosotras también) construido mitológicamente sólo para el sexo opuesto. Al precio de esa tarde, con el tiempo también se le sumaron muchos otros, muchas más ofertas y otras maneras en las que te miran como mercancía marcada, como una subordinada, como una mujer. Pero a lo único que le he puesto valor con inflación y plusvalía es a mi propio trabajo, a mis ganas, a mi fuerza. Contrapuesto a algunas vivencias aquí relatadas, la arqueología me ha traído infinitas horas felices, pruebas superadas y muchas más satisfacciones que el haber nacido Mujer ha triplicado por completo.